REPUBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA
UNIVERSIDAD ROMULO GALLEGOS
DECANATO DE ESTUDIOS DE POSTGRADO
DOCTORADO EN CIENCIAS DE LA EDUCACION
PERSPECTIVAS EPISTEMOLOGICAS EN LA
PRODUCCION DE SABERES
INFORME VIRTUAL
(CONTENIDO DADO EN CLASE APLICANDO LA EPISTEMOLOGIA EN LA PRODUCCION DE SABERES)
FACILITADORA : DOCTORA FERYENY PADRINO
PARTICIPANTE: MSc . OLGA MILAGRO DIAZ DE LUGO
C.I. 8795953
VALLE DE LA PASCUA;17 DE JUNIO DE 2011
UBICACIÓN DE CARLOS MARX EN EL CONTEXTO
DE LA POSTMODERNIDAD
Varias concepciones teóricas o doctrinales que coexistían bajo el mismo nombre marxismo se han derrumbado.
Este derrumbe puede resumirse en la quiebra casi simultánea de paradigmas en varios ámbitos: social, con la desaparición del sujeto -la clase obrera moderna- que debía ser el agente activo de la revolución; político, por los cambios sufridos por el Estado capitalista y la degeneración del Estado obrero en los países en los que, en teoría, era un instrumento al servicio de las clases más desfavorecidas; el partido, por el descrédito sufrido por todos los partidos en general y por el modelo de partido comunista en particular, debido a su degeneración burocrática. También en el campo teórico, por el declive del materialismo histórico en su versión de optimismo histórico, y en el terreno filosófico, por lo anticuada que ha quedado la versión militante de la dialéctica y por la irrupción de otros temas a los que la filosofía ha prestado su atención .
En el campo de la epistemología, la teoría del conocimiento concebido como reflejo de la verdad objetiva ha quedado arrumbada por visiones que ponen más énfasis en las mediaciones entre el sujeto y el objeto (de nuevo el lenguaje), y en el campo de la metodología parece felizmente concluida la visión que defendía un único método de investigación válido para casi todo.
Pero todo esto con ser grave, no lo es tanto como la pérdida de una doctrina globalizadora e incuestionable que se consideraba el reflejo de la realidad objetiva, desarrollada a partir de un solo método, basada en la única interpretación científica de la sociedad , aplicada por un solo partido, apoyada en un sujeto social con un papel histórico demostrado y movida por un solo motor. Todo lo cual puede ser resumido en el esquema: teoría-clase-partido (una teoría para una clase, elaborada y aplicada por un partido), cuyo articulado conjunto proporcionaba una gran confianza intelectual y moral.
Frente a esta unicidad, a esta aparente organicidad, irrumpe en España, casi de repente al final de la llamada transición política, el espíritu fragmentario, atomizador e inconexo de la posmodernidad.
Con la posmodernidad concluye la autonomía del pensamiento marxista revolucionario con respecto al mundo verdadero. Confundido y paralizado, parece encontrarse abruptamente con una realidad insospechada, haber agotado su poder de sobrevolar las coyunturas concretas, su disposición para evocar un pasado glorioso o imaginar un futuro luminoso, su capacidad para escapar de la realidad y metamorfosearse en ideología para consumo de militantes.
Extenuado por el continuado esfuerzo de concebir revoluciones sobre una realidad que tercamente se negaba a admitirlas, el pensamiento marxista radical se verá obligado a tomar tierra al toparse con dos insoslayables evidencias.
La primera es la consolidación de la reforma del régimen franquista y su transformación en una monarquía parlamentaria legitimada internacionalmente, acontecimientos que coinciden con la oleada conservadora que, desde finales de los años 70, se extiende por todo el planeta junto con la deriva burocrática de los regímenes colectivistas y la paulatina atonía de los movimientos sociales, fueren reformistas o revolucionarios.
La segunda, es la constatación, por medio de dos procesos, de que en España también se produce -y de manera muy rápida- la transformación del teórico sujeto revolucionario -la clase obrera-.
El primer proceso es político y tiene que ver directamente con la reforma del régimen franquista, que, salvo resistencias iniciales muy localizadas, es aceptada con general pasividad -sin entusiasmo ni oposición- por las clases subalternas. Lo cual viene a indicar que, desde la izquierda radical, la clase obrera, como la clase más dinámica, -o el pueblo como agente de otras estrategias- estaba perfilada muy débilmente como sujeto político.
El segundo proceso, más prolongado que el anterior, es de índole económica y tiene que ver con los cambios sufridos por el aparato productivo para salir de la crisis. Este proceso de reestructuración fabril, que destruye, reconvierte, fragmenta, atomiza y deslocaliza la producción, introduce a gran escala nuevas tecnologías y modifica profundamente las relaciones laborales, tiene graves consecuencias políticas, pues actúa rompiendo socialmente a la clase obrera.
Esta desarticulación de la clase trabajadora como conjunto de colectivos fabriles y su conversión en individuos aislados, junto con la asunción de los presupuestos de la democracia formal, hará aparecer una nueva categoría teórica tomada del campo jurídico: el ciudadano, el sujeto dotado de innatos derechos particulares, deudor y acreedor individual del poder, portador de proyectos privados, aislado consumidor y, cada vez más, aislado productor. Con este proceso, que es muy rápido, el sujeto revolucionario se desvanece. Pasa de ofrecer una existencia histórica y un perfil mítico a tener un futuro improbable.
El agente revolucionario se hace progresivamente borroso, su impulso transformador se ha detenido, no logra configurarse políticamente, acepta el orden político posfranquista, luego se va fragmentando socialmente y, finalmente, se desvanece como elemento teórico.
Luego simultáneamente viene todo lo demás.
Frente a un conjunto de teorías globalizadoras y aparentemente estables surge la fragmentación del saber; frente a los grandes metarrelatos legitimadores, la sucesión de legitimaciones parciales; frente a la utopía, el vacío; frente a los discursos de confrontación, los discursos de disuasión; frente al pensamiento duro, o fuerte, el pensamiento débil; frente al proyecto terminado, lo inconcluso, lo abierto; frente a la certeza histórica, la incertidumbre; frente a los dogmas, la duda; frente a una perfilada cosmovisión, un nuevo caos.
Todo lo cual supone una fortísima acometida a un pensamiento epistemológicamente conservador, que funcionaba todavía con el espíritu cientificista y los paradigmas propios del siglo XIX -unidad de todas las ciencias, un único método científico, coronación y final de toda la filosofía especulativa, unicidad de las leyes del movimiento en la sociedad, en la naturaleza y en la mente humana...- que, por la peculiar historia de este país (de la historia académica y científica, además de la historia social y la política), servía, curiosamente, de guía a las fuerzas sociales políticamente más renovadoras, que es como se consideraban a sí mismas aquellas organizaciones marxistas revolucionarias.
Hoy podemos decir que asistimos a un proceso inverso al de la Ilustración y su afán constructor y compilador que se prolonga en todos los ámbitos del conocimiento a lo largo del siglo XIX. Estamos en un momento de fragmentación del saber, de cambios tan acelerados y de tal magnitud en el mundo que asistimos a un proceso de sistemática deconstrucción de la configuración mental -teórica e ideológica- que hemos heredado. Presenciamos, impotentes, el estallido de la Enciclopedia y la sistemática demolición del legado téorico del siglo de la luces.
El panorama es tan desconcertante, tan confuso y, a la vez, tan teóricamente estimulante que, con cierto tono de provocación, se puede decir: los marxistas hasta el momento se han dedicado a transformar el mundo, pero de lo que se trata ahora es de comprenderlo.
Este derrumbe puede resumirse en la quiebra casi simultánea de paradigmas en varios ámbitos: social, con la desaparición del sujeto -la clase obrera moderna- que debía ser el agente activo de la revolución; político, por los cambios sufridos por el Estado capitalista y la degeneración del Estado obrero en los países en los que, en teoría, era un instrumento al servicio de las clases más desfavorecidas; el partido, por el descrédito sufrido por todos los partidos en general y por el modelo de partido comunista en particular, debido a su degeneración burocrática. También en el campo teórico, por el declive del materialismo histórico en su versión de optimismo histórico, y en el terreno filosófico, por lo anticuada que ha quedado la versión militante de la dialéctica y por la irrupción de otros temas a los que la filosofía ha prestado su atención .
En el campo de la epistemología, la teoría del conocimiento concebido como reflejo de la verdad objetiva ha quedado arrumbada por visiones que ponen más énfasis en las mediaciones entre el sujeto y el objeto (de nuevo el lenguaje), y en el campo de la metodología parece felizmente concluida la visión que defendía un único método de investigación válido para casi todo.
Pero todo esto con ser grave, no lo es tanto como la pérdida de una doctrina globalizadora e incuestionable que se consideraba el reflejo de la realidad objetiva, desarrollada a partir de un solo método, basada en la única interpretación científica de la sociedad , aplicada por un solo partido, apoyada en un sujeto social con un papel histórico demostrado y movida por un solo motor. Todo lo cual puede ser resumido en el esquema: teoría-clase-partido (una teoría para una clase, elaborada y aplicada por un partido), cuyo articulado conjunto proporcionaba una gran confianza intelectual y moral.
Frente a esta unicidad, a esta aparente organicidad, irrumpe en España, casi de repente al final de la llamada transición política, el espíritu fragmentario, atomizador e inconexo de la posmodernidad.
Con la posmodernidad concluye la autonomía del pensamiento marxista revolucionario con respecto al mundo verdadero. Confundido y paralizado, parece encontrarse abruptamente con una realidad insospechada, haber agotado su poder de sobrevolar las coyunturas concretas, su disposición para evocar un pasado glorioso o imaginar un futuro luminoso, su capacidad para escapar de la realidad y metamorfosearse en ideología para consumo de militantes.
Extenuado por el continuado esfuerzo de concebir revoluciones sobre una realidad que tercamente se negaba a admitirlas, el pensamiento marxista radical se verá obligado a tomar tierra al toparse con dos insoslayables evidencias.
La primera es la consolidación de la reforma del régimen franquista y su transformación en una monarquía parlamentaria legitimada internacionalmente, acontecimientos que coinciden con la oleada conservadora que, desde finales de los años 70, se extiende por todo el planeta junto con la deriva burocrática de los regímenes colectivistas y la paulatina atonía de los movimientos sociales, fueren reformistas o revolucionarios.
La segunda, es la constatación, por medio de dos procesos, de que en España también se produce -y de manera muy rápida- la transformación del teórico sujeto revolucionario -la clase obrera-.
El primer proceso es político y tiene que ver directamente con la reforma del régimen franquista, que, salvo resistencias iniciales muy localizadas, es aceptada con general pasividad -sin entusiasmo ni oposición- por las clases subalternas. Lo cual viene a indicar que, desde la izquierda radical, la clase obrera, como la clase más dinámica, -o el pueblo como agente de otras estrategias- estaba perfilada muy débilmente como sujeto político.
El segundo proceso, más prolongado que el anterior, es de índole económica y tiene que ver con los cambios sufridos por el aparato productivo para salir de la crisis. Este proceso de reestructuración fabril, que destruye, reconvierte, fragmenta, atomiza y deslocaliza la producción, introduce a gran escala nuevas tecnologías y modifica profundamente las relaciones laborales, tiene graves consecuencias políticas, pues actúa rompiendo socialmente a la clase obrera.
Esta desarticulación de la clase trabajadora como conjunto de colectivos fabriles y su conversión en individuos aislados, junto con la asunción de los presupuestos de la democracia formal, hará aparecer una nueva categoría teórica tomada del campo jurídico: el ciudadano, el sujeto dotado de innatos derechos particulares, deudor y acreedor individual del poder, portador de proyectos privados, aislado consumidor y, cada vez más, aislado productor. Con este proceso, que es muy rápido, el sujeto revolucionario se desvanece. Pasa de ofrecer una existencia histórica y un perfil mítico a tener un futuro improbable.
El agente revolucionario se hace progresivamente borroso, su impulso transformador se ha detenido, no logra configurarse políticamente, acepta el orden político posfranquista, luego se va fragmentando socialmente y, finalmente, se desvanece como elemento teórico.
Luego simultáneamente viene todo lo demás.
Frente a un conjunto de teorías globalizadoras y aparentemente estables surge la fragmentación del saber; frente a los grandes metarrelatos legitimadores, la sucesión de legitimaciones parciales; frente a la utopía, el vacío; frente a los discursos de confrontación, los discursos de disuasión; frente al pensamiento duro, o fuerte, el pensamiento débil; frente al proyecto terminado, lo inconcluso, lo abierto; frente a la certeza histórica, la incertidumbre; frente a los dogmas, la duda; frente a una perfilada cosmovisión, un nuevo caos.
Todo lo cual supone una fortísima acometida a un pensamiento epistemológicamente conservador, que funcionaba todavía con el espíritu cientificista y los paradigmas propios del siglo XIX -unidad de todas las ciencias, un único método científico, coronación y final de toda la filosofía especulativa, unicidad de las leyes del movimiento en la sociedad, en la naturaleza y en la mente humana...- que, por la peculiar historia de este país (de la historia académica y científica, además de la historia social y la política), servía, curiosamente, de guía a las fuerzas sociales políticamente más renovadoras, que es como se consideraban a sí mismas aquellas organizaciones marxistas revolucionarias.
Hoy podemos decir que asistimos a un proceso inverso al de la Ilustración y su afán constructor y compilador que se prolonga en todos los ámbitos del conocimiento a lo largo del siglo XIX. Estamos en un momento de fragmentación del saber, de cambios tan acelerados y de tal magnitud en el mundo que asistimos a un proceso de sistemática deconstrucción de la configuración mental -teórica e ideológica- que hemos heredado. Presenciamos, impotentes, el estallido de la Enciclopedia y la sistemática demolición del legado téorico del siglo de la luces.
El panorama es tan desconcertante, tan confuso y, a la vez, tan teóricamente estimulante que, con cierto tono de provocación, se puede decir: los marxistas hasta el momento se han dedicado a transformar el mundo, pero de lo que se trata ahora es de comprenderlo.